Cuanto más, mejor

El otro día iba en el metro de Madrid y en el canal de TV que emite en el interior de los vagones vi, entre noticia y noticia de Esperanza Aguirre inaugurando un pantano, que el metro de Madrid tiene tantos km de vías como el de Moscú y más estaciones que el metro de Londres. Entonces pensé, “¿para qué tanto?” Seguramente alguien  que viva a las afueras de Madrid y esté deseando que el metro pase por al lado de su casa para llegar antes al trabajo o a cualquier inauguración de Esperanza Aguirre, no es consciente de que ya tiene un autobús o un tren de cercanías que hace su función como transporte público. Lo que quiere es llegar más rápido y más cómodo a su destino olvidándose que Madrid es el ayuntamiento más endeudado de España.

Creo que la mayoría de la gente no se ha dado cuenta de que esto se ha acabado. Que ya no podemos vivir de espaldas a la realidad pensando que podemos gastar y gastar sin temor. Que ya no podemos derrochar los recursos naturales para poner a cada votante una parada de metro en la puerta de su casa.

La única forma de mantener nuestro estado del bienestar es convencernos de que hay que consumir menos. No hay otro camino.

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Diario de una ama de casa VII

Queridos internautas:

Disculpad que haya tardado tanto en escribiros, pero mis buenos motivos he tenido. Al final, después de meditarlo con la almohada, decidí que lo mejor era irme de casa. A la almohada tambien le pareció muy bien ya que dijo que tenía la cabeza muy gorda y que si me iba, se quitaba un peso de encima. La muy desagradecida. Eso me pasa por comprar cosas de LoMónaco, con su sangre azul y todo eso. Bueno, a lo que voy. Que entre buscar piso, preparar las cosas y discutir con mi familia, no he tenido tiempo para escribiros.

¿Os podéis creer que ninguno de los tres mamarachos que tengo por familia, se creeían que me iba a ir de verdad? Pues allí los he dejado, plantados en mitad del salón con un poco de abono y fertilizantes, porque ya se sabe que en esta época moderna nada crece como antes. Espero que la vecina se pase de vez en cuando a regarlos.

Y aquí estoy, compartiendo piso con un par de chicas jóvenes que parecen muy majas. Una dice que es actriz y que su mayor sueño es entrar en un programa de televisión como Gran Hermano y la otra es una estudiante sueca que ha venido con un tal Erasmus a estudiar a España. Yo le he dicho que hace bien, que mejor que venga acompañada porque en este país los chicos se pirrían con las rubias. Bueno, os tengo que dejar que van a venir unos amigos suyos a hacer botellón y tengo que preparar unos canapiés.

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Pequeños recuerdos

A veces los recuerdos viajan en trenes pequeños, cruzando diminutas ciudades llenas de personitas de plástico que estáticas, ven la vida pasar ante sus minúsculos ojos pintados. Pero aunque viajen en trenes pequeños, los recuerdos son tan grandes que se revelan imposibles de contener. Por eso, allí plantado, delante de una maqueta de tren como la que hizo mi padre durante tantos años, no pude contener las lágrimas pensando en lo que me hubiese gustado que, algún día, cuando mi hijo Ulises fuese un poco más mayor, construyéramos una entre los tres. Mi padre pondría la experiencia, yo la energía, mi hijo la fantasía y así, con la ilusión de tres generaciones, haríamos la maqueta más hermosa que jamás se haya visto.

Por eso, allí plantado, viendo pasar  los recuerdos en pequeños trenes, pensé en todas las cosas que había querido hacer con mi padre y por qué demonios no las había hecho. Y la única respuesta que obtuve fue, porque nunca pensé que se iba a morir tan pronto. Tan pronto. Como si la muerte tuviese en cuenta nuestros deseos. Ella lo único que hace es recordarnos que, si de verdad quieres hacer algo, no deberías esperar demasiado.

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Diálogos presocráticos

En eso que corría el año 547 a.C en los jardines de la afamada acrópolis de Mileto, donde los filósofos del lugar se reunían para hablar y disertar sobre lo divino y lo humano, cuando observamos como dos de ellos, Anaxímenes y Anaximandro, pasean muy concentrados en las cavilaciones propias de dos genios clásicos.

En un momento dado, Anaxímenes, el más joven de los dos, se detiene sorprendido por un pensamiento que parece llenarle de gozo.

- ¿Qué pasaría si resulta que nuestro arjé es el aire, que es un principio finito, como vuestro ápeiron, pero determinado, como el agua de Tales?

- Pues no pasaría nada, amigo Anaxímenes.

- Vaya…

- No pasaría nada, porque al final, todas las chorradas estas que estamos pensando todo el día, luego vendrá otro como nosotros que las mandará a tomar por culo. ¿Me entiendes? Y nosotros dale que dale al bolo para pensar cosas super elevadas, para que luego llegue un tal…

- ¿Sócrates?

- Ese mismo, y te las tire a la basura.

- Es lo que hay.

- Ya te digo.

- Puto Sócrates…

- Vámonos a tomarnos unos litros de hidromiel que se me ha puesto una mala hostia…

- ¿Presocrática…?

- Eso mismo.

Y nuestros filósofos abandonan el afamado acrópolis de Tales, descendiendo por sus marmóreas escaleras.

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¿Por qué es importante que duerman la siesta después de comer?

Aunque esto os parezca una obviedad, jóvenes padres, no lo es. Y no lo digo sólo porque la siesta es una de esas cosas que nos hace ser como somos, es decir, un hatajo de vagos a la vista del resto del mundo, si no porque si nuestro bebé no duerme la siesta, les pasa como a aquellos simpáticos protagonistas de la película Gremlins. Si alguién no ha visto la película (quizás porque acaba de llegar del futuro o ha estado hibernando las últimas tres décadas), sólo contarle que la película empezaba con un bichito muy mono que te lo comías a besos y terminaba con unos seres sucios y desagradables, a los que les pirraba fumar y beber cerveza (metáfora de la perversión de la juventud), que si te descuidabas se te comían ellos.

Si esto os parece una exageración, probar a hacerlo un par de días y os veo saliendo en las noticias de Antena 3.

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Diario de una ama de casa VI

Queridos Internautas,

Hoy estoy atacaita de los nervios y de lo que no son los nervios, es decir, los músculos. ¡Hasta más arriba de la coronilla me tienen todos!

A mi hijo el de Nescafé le están saliendo los granos y cuando se explota uno, no puede dormir en toda la noche (por la cafeína, claro). Entonces no nos deja dormir a los demás porque se pone a dar vueltas por la casa haciendo “gru gru” y a correr por todo el salón obsesionado conque le voy a cocinar para el día de acción de gracias. Que no es que seamos muy de ese día, pero como mi hija la de américa nos manda siempre regalos para esa fecha, lo celebramos en su honor.

Las noches que mi hijo el de Nescafé duerme, yo me pego la noche en vela porque mi marido, que nunca ha roncado, ahora le ha dado por ponerse a cantar en inglés cuando entra en fase REM. Y la verdad es que no lo hace mal, pero claro, todas las noche con el “Lusing mai religion” ese del demonio, una se harta, la verdad. Y a parte, las noches que mi marido se queda afónico y el del Nescafé no da vueltas por el salón , mi hijo el heterosexual, se conecta a páginas de esas guarras de Internet para, según él, ponerse al día con el tema sexual. Yo le digo que una noche vale, pero todas, me parece vicio.

Y si a todo esto le sumas que luego soy yo la que tiene que hacer todas las tareas del hogar porque los demás están muy ocupados con sus ocupaciones o durmiendo la siesta, me tienen frita. Por eso he decidido que tengo que hacer algo para acabar con esta situación.

Por ahora he pensado en tres cosas:

- Abrir mi casa a la gente como si fuera un circo y cobrar entrada.

- Irme de casa y que se apañen ellos solitos.

- Crear un entorno operativo denominado Ventanas como complemento para MS-DOS, en respuesta al creciente interés del mercado en una interfaz gráfica de usuario.

Os pido vuestra ayuda para decidir de una vez que hacer con mi vida.

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¿Te bajas?

A veces te pasan unas cosas en Madrid que son alucinantes. Hoy volvía yo a mi hogar después de correr durante una media hora (donde poner correr, leer “ir un poco más rápido que una viejecita con bastón”) por la madrileña glorieta de Embajadores, cuando a lo lejos veo como un señor de buena constitución, rostro simpaticón y de buena pinta (un poco más de los 40 cl), me mira desde la distancia. Al acercarme a él, y yo sin caer en la obviedad de mi vestimenta, me pregunta, como sólo las personas que te proponen algo ilegal pueden hacer, que si me bajo. Yo, sin querer pasar por un pardillo recién llegado a la ciudad, le contesto con un cortante no.

Contado esto así, sin más detalles, a lo mejor os deja un poco fríos, pero si a esto añadimos que la glorieta de Embajadores es el punto de Madrid donde los yonkis esperan a las cundas, la historia cambia un poco. Después de la primera reacción de sorpresa, aunque muy bien disimulada por mis dotes como actor de reparto, me he echado a reír porque, ayer mismo, mi mujer se había metido conmigo porque me decía que últimamente siempre iba en chándal (como la mayoría de los parados) y que parecía un yonki. Eso sin contar con que ahora las latas de Mahou son casi de medio litro, gracias a una oferta pasajera, aportándome todavía más la imagen mítica del drogata. 

Pero al instante me he sentido un poco mal porque lo cierto es que, siempre que paso por este inhóspito lugar, pienso en lo jodido que debe ser estar enganchado a una sustancia tan destructiva. Me miro a mí mismo y pienso en lo difícil que es dejar de hacer ciertas cosas que no son saludables, pero que me gustan, e imagino que para ellos tiene que ser horrible. Igual que mirarse al espejo y ver el deterioro físico evidente e inevitable. Igual que mirar a su alrededor y sólo ver malas caras, miradas desconfiadas o desprecio. Y luego pensarán, ¿por qué no? ¿Uno más no me va a matar? Y si lo hace, ¿a quién le importará?

Que cosas tan crueles hemos inventado, ¿no creéis?

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